La guerra psicológica en el conflicto de Corea

A lo largo de las últimas semanas hemos asistido a un rebrote de la tensión en la frontera entre Corea del Sur y Corea del Norte (situada en torno al paralelo 38) debido al inicio por parte de Seúl de emisiones propagandísticas diarias contra Pyongyang a través de una cadena de potentes altavoces orientados hacia el lado norcoreano.

Esta acción fue considerada como una provocación desde el punto de vista de Corea del Norte, iniciándose la enésima crisis bilateral entre los dos países y concluyendo con una nueva distensión tras la aceptación por parte de la presidenta surcoreana Park Cheong Hye de cortar sus emisiones propagandísticas a cambio de que el gobierno norcoreano de Kim Jong Un asumiese su responsabilidad en la colocación de unas minas que habían mutilado a varios soldados surcoreanos días antes. Sin duda no es novedad que se produzca un episodio de tensión entre las dos Coreas, ya que llevamos asistiendo a estos “juegos de guerra” desde hace décadas, pero si que lo ha sido el hecho de que el motivo en esta ocasión fuesen unos altavoces, algo que en principio cualquiera consideraría como irrisorio. Sin embargo, a veces la persuasión resulta un arma mucho más poderosa que la violencia, y analizar dicha crisis coreana nos permite darnos cuenta de la enorme importancia que en los conflictos tiene un peculiar fenómeno: la guerra psicológica.

En términos teóricos, la guerra psicológica es un concepto circunscrito dentro del amplio campo de la propaganda de guerra, la cual engloba toda la acción propagandística dentro de un contexto bélico. La guerra psicológica en concreto hace referencia a las actividades persuasivas emitidas específicamente hacia el bando enemigo, y que tienen como objetivo intentar engañarle, crear confusión entre sus filas, minar su moral o incitar a sus tropas a la rebelión. Ha sido utilizada desde la antigüedad, y ya el propio Sun Tzu se hacía eco de su tremenda importancia en su célebre tratado “El arte de la guerra”, donde sostenía que toda la estrategia militar estaba basada en el engaño, dotándole al combate mental de una importancia clave. Y es que desde Alejandro Magno a Mao Tse Tung, pasando por Julio César, Napoleón o Stalin, todos los grandes estrategas siempre se han servido de ella, y en el caso hispano concretamente, Gonzalo Fernández de Córdoba detallaba ya en sus famosas “Cuentas del Gran Capitán” una partida específica para actividades destinadas a minar la moral de la tropa enemiga.

Pero sin duda, donde la guerra psicológica alcanza una importancia mayor es en las situaciones de tregua o de guerra fría, donde los sentimientos específicos que se generan a uno y a otro lado del frente ante una tensión disfrazada de aparente calma, provocan que las tácticas propagandísticas hacia el enemigo sean especialmente efectivas. Y este es justamente el caso coreano, una península que lleva dividida en dos Estados antagónicos y archienemigos desde la cruenta guerra que les enfrentó entre 1950-1953. Tras la firma del Armisticio de Pammunjom, un acuerdo que en ningún caso supone una paz definitiva, las dos Coreas han convivido precariamente desde entonces en una situación de frágil tregua, separadas por una zona desmilitarizada de tan solo cuatro kilómetros de anchura. Por ello, dicho “status quo” generó que desde el comienzo de la postguerra hasta finales del siglo XX, ambos gobiernos enfrentados se adentrasen en una intensa actividad propagandística a uno y a otro lado de la frontera, utilizando precisamente tanto altavoces como pantallas para llevar a cabo dichas acciones de guerra psicológica.

Así, tanto Seúl como Pyongyang enviaban mensajes por megafonía narrados por dulces y sensuales voces femeninas, que como los cantos de sirena a Ulises, trataban de cautivar al enemigo e incitarle a la deserción a través de relatos que narraban los supuestos placeres paradisiacos de uno y de otro sistema político. Además, desde el lado norcoreano se grababan mensajes socialistas en la misma roca de la montaña al tiempo que se situaba como centinelas a los soldados más jóvenes y apuestos, mientras que desde el lado surcoreano se aprovecha el mayor avance tecnológico para colocar enormes pantallas que trataban de mostrar los encantos del capitalismo. Con todas estas emisiones ambos gobiernos trataban de provocar que el enemigo se pasase en masa al bando contrario, y prueba de su eficacia es que si que se contabilizaron deserciones a ambos lados de la frontera a lo largo de los años, y concretamente, algunos de los desertores norcoreanos que hoy viven en Corea del Sur confesaron que su motivación para huir fueron justamente los seductores mensajes lanzados desde los altavoces del enemigo.

Dichas estrategias de guerra psicológica fueron constantes durante más de medio siglo y se mantuvieron hasta el año 2004, momento en el que fruto de la nueva etapa de distensión entre las dos Coreas (la denominada “Sunshine Policy”) que buscaba sentar las bases para una futura reunificación sin injerencias extranjeras, y que fue auspiciada tanto por los presidentes socialdemócratas surcoreanos Kim Dae Jung y Roh Moo Hyun como por el líder comunista norcoreano Kim Jong Il, se acordó entre otras medidas el corte definitivo de las emisiones de propaganda a uno y a otro lado del paralelo 38, con el fin de profundizar en la pacificación y la reconciliación entre los coreanos de ambas latitudes. De este modo, los altavoces han estado apagados durante 11 años hasta justamente el pasado mes de agosto, cuando Corea del Sur volvió a activarlos difundiendo propaganda y hasta música pop surcoreana, y dando lugar a la fugaz crisis bilateral que acabamos de presenciar, una crisis que por primera vez no se producía por el hundimiento de una fragata, el lanzamiento de un misil, la puesta en órbita de un satélite, la realización de un ensayo nuclear o el asesinato de una turista, sino por unos altavoces de propaganda. Y es que no en vano Napoleón ya decía que tanto en la política como en la guerra a la larga la mente resulta muchísimo mas poderosa que la espada.

 

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