Podemos y la estrategia del proverbio mesopotámico

Desde hace poco menos de un año, los medios no cesan de destacar la tormenta política que ha desatado en España el fenómeno "Podemos", gracias al carisma mediático de su líder Pablo Iglesias, y sobre todo, al haber cambiado las reglas de juego discursivas imperantes desde la transición española. En efecto, la nueva formación política, siguiendo un enfoque gramsciano del que han bebido intelectualmente sus fundadores, ha centrado su actividad en la lucha por la llamada "hegemonía cultural", es decir, por el cambio progresivo de las estructuras conceptuales de las personas; aquellas que definen el sentido común de la población. Esta lucha propagandística, que comienza ya años atrás desde la puesta en marcha misma de la asociación universitaria "Contrapoder" o del programa televisivo "La Tuerka", buscaba dotar de un arsenal discursivo a una vanguardia de militantes concienciados, que en el momento oportuno de dar el salto a la esfera política nacional pudiera comandar la movilización de amplios sectores de la población. Para ello, era necesario desterrar el caduco y arcaico lenguaje revolucionario de los siglos XIX y XX (ese que hablaba de movimiento obrero, de lucha de clases y de imperio burgués) sustituyéndolo por conceptos de amplio espectro que pudiesen ser asumidos por la nueva heterogeneidad de la sociedad española actual, y así, surgen las consignas "casta y gente", "abajo y arriba" o "somos mayoría". En resumen: se trataba de poner nombre a las cosas.

Pero en ningún caso esta estrategia comunicativa es nueva, ni mucho menos, monopolio de los intelectuales gramscianos o de los movimientos populistas latinoamericanos en los que se ha inspirado estratégicamente Podemos. Ya en los mismos comienzos de la civilización, allá por el tercer milenio antes de Cristo, un proverbio mesopotámico decía que "quien pone nombre a las cosas comienza a adueñarse de ellas". Como vemos, este principio es casi tan antiguo como la historia de las sociedades complejas en sí mismas, y por ello, no es casualidad que surja al compás de los inicios de la propaganda ni que haya sido recogido por infinidad de tratadistas a lo largo de los siglos, desde el estratega militar chino Sun Tzu al teórico francés Doménach, pasando por el filósofo griego Aristóteles o el pensador florentino Maquiavelo. Por ello, no debe sorprendernos tanto el éxito de la estrategia discursiva de Podemos en la actualidad. Esta estrategia es tan antigua como la historia misma, y tiene su razón de ser en el hecho de que la propaganda, entendida como arte de la persuasión de masas con fines políticos, religiosos o militares, ha de basarse siempre en manipulaciones psicológicas sobre los individuos o grupos humanos, y para ello, no hay mejor estrategia que adueñarse del lenguaje e imponer tu marco cognitivo.

Por poner nombre a las cosas, tanto en tiempos de Hammurabi como de Pablo Iglesias, se entiende el adueñarse del lenguaje. En principio, los conceptos naturales parece que dan poco lugar a la interpretación: un león siempre es un león, un cactus siempre es un cactus, si no respiras te ahogas y si te pinchas con una espina sangras. Sin embargo, en el terreno social la cosa es mucho más compleja, y si nos adentramos ya en la particular esfera política, la denominación de las cosas adquiere siempre un sentido estratégico. No es lo mismo decir que alguien de izquierdas es "un progresista o un rojo", no es igual llamar a un tradicionalista "un conservador o un reaccionario", no os lo mismo denominar a un monarca como "un rey o un sátrapa" ni tampoco es igual calificar a alguien que recurre a la violencia política como "un terrorista o un patriota". Pero pensemos en este último ejemplo: ¿Qué es lo que separa a un terrorista de un patriota? Pues probablemente la única diferencia sea ganar o perder una batalla, o si se quiere relativizar más, dependerá en última instancia de si somos partidarios o detractores. Pero las palabras no son inocentes, y denominarlo de una u otra manera nos llevará a asociar categorías morales a la persona en cuestión, y por ello, resulta tan importante en el terreno de la comunicación esta lucha por definir los conceptos y adueñarse de las palabras.

Y en España por supuesto dicha estrategia tampoco es nueva. Franco ya durante la dictadura la utilizó para imponer en el sentido común de la gente conceptos como "cruzada nacional", "democracia orgánica" o "enemigos sempiternos de España". Más tarde ya en la transición y en la primeras décadas de la democracia, los presidentes de gobierno (desde Adolfo Suárez hasta José María Aznar) fueron diseminando en las mentes de los españoles ese discurso que hablaba de "patriotismo constitucional", "transición modélica" o "reconciliación nacional". Posteriormente, durante el mandato de José Luis Rodríguez Zapatero gran parte de la población asumió nuevas ideas como "talante", "desaceleración" o "alianza de civilizaciones" y ya casi en la actualidad, Rajoy impuso también con éxito durante su campaña electoral de hace cuatro años conceptos que le beneficiaban como "sensatez", "sacrificio" y "responsabilidad en tiempos difíciles", lo que entre otros factores le otorgó la abultada mayoría absoluta de la que goza hoy en día. Como se observa, se trata ni más ni menos, que de hacer que incluso parte de tus enemigos acaben asumiendo el lenguaje que solamente a ti te beneficia, y en la actualidad es lo que está logrando Podemos, hasta tal punto que hasta sus adversarios políticos terminan hablando de "crisis de régimen", de "proceso constituyente" o de "casta". Como decía el estratega samurái Miyamoto Musashii ya en tiempos de la era feudal japonesa: "si tu enemigo piensa en la montaña, imponle el mar".

Por ello, se equivocan tanto los que acusan a Podemos de malvados embaucadores como los que los idealizan como novedosos revolucionarios. Pablo Iglesias sencillamente está siguiendo estrategias que ya sus predecesores han utilizado astutamente durante décadas. Tal vez, la única novedad sea que en esta ocasión la batalla comunicativa la está ganando una formación cuyos líderes provienen de la periferia del sistema, y concretamente, de la izquierda alternativa que tradicionalmente ha estado relegada a la marginalidad. No discuto que en términos ideológicos suponga un desafío a la ideología dominante en nuestro país, y que por ello, pueda hasta resultar una esperanza para muchas personas que nos consideramos contrarios a ese "pensamiento único" imperante desde la transición, pero en lo que se refiere a las estrategias de propaganda, Podemos no hace ni más ni menos que lo que se lleva haciendo desde los tiempos de los mesopotámicos en la lucha por conseguir el poder: combatir por ponerle nombre a las cosas, y de este modo, adueñarse de ellas.

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