Occidente y su oscuro doble juego en Oriente Medio

Desde hace varios meses los principales líderes occidentales (desde Barack Obama a François Hollande, pasando por nuestro presidente Mariano Rajoy) lanzan en sus alocuciones feroces críticas contra los brutales asesinatos que comete el Estado Islámico, tanto en los atentados terroristas fuera de sus fronteras como en la violenta represión que llevan a cabo en el interior de los territorios que controlan desde hace ya casi un año en Irak y en Siria. Los medios de comunicación de nuestros países igualmente lanzan la consigna de que se trata de una guerra entre la civilización y la barbarie, que pone en peligro la defensa de nuestras libertades, y que por ello, es momento de estar todos unidos contra el terror. Como consecuencia directa, en varios países europeos (incluida España) se están aprobando nuevas leyes antiterroristas que reducen los derechos ciudadanos en beneficio de nuestra supuesta seguridad. Sin embargo, a pesar de que obviamente el fanatismo del Estado Islámico es una seria amenaza para el mundo en general, los gobiernos occidentales llevan a cabo desde hace muchas décadas en Oriente Medio (y en el mundo arabo-musulmán en general) un doble juego geopolítico muy oscuro que ha posibilitado el nacimiento del macabro Estado al que ahora todos dicen querer destruir. Dicho juego básicamente podría resumirse en que "el enemigo de mi enemigo es mi amigo", y muestra la gran hipocresía que existe cuando se lanzan este tipo de discursos civilizatorios.

Y dicho enemigo del enemigo que se convierte en amigo no es otro que el propio islamismo radical suní, ideológicamente representado por las corrientes wahabbitas y salafistas, y materialmente plasmado en Al Qaeda y el Estado Islámico. ¿Sorprendente? Si atendemos a los discursos de nuestros líderes sí, pero si buceamos en el pasado y nos adentramos en la trastienda del poder, nos damos cuenta de que han sido justamente las principales potencias occidentales las que han posibilitado (cuando no directamente favorecido) el surgimiento de estos grupos islamistas radicales que hoy han cuajado territorialmente en el Estado Islámico. Ya en los tiempos de la Guerra Fría, la supuesta amenaza soviética llevó a que Estados Unidos y sus aliados de la OTAN se enfrentasen radicalmente al panarabismo socialista: un proyecto político liderado por Gamal Abdel Nasser que trataba de liberar a los pueblos de Oriente Medio del oscurantismo religioso y unirlos en torno a un sistema político moderno y laico. Según Washington, estos regímenes socializantes eran en realidad satélites de la URSS, y por ello, había que combatirlos a toda costa. ¿De qué manera? Apoyando a los grupos más fundamentalistas y reaccionarios de sus propias sociedades, que así los debilitarían desde el interior. De este modo, los militares estadounidenses adiestraron por ejemplo al mismísimo Osama Bin Laden y a sus yihadistas, con el fin de derrocar al gobierno de izquierdas afgano y a las tropas soviéticas que habían acudido en su ayuda.

Tras la caída de la URSS y los posteriores atentados islamistas del 11-S, parecía que Occidente al fin había aprendido la lección de lo nefasta que suponía esta política hacia Oriente Medio consistente en hacer crecer sistemáticamente al fundamentalismo islámico que había terminado cometiendo dichos atentados, pero tampoco fue así. Solo dos años más tarde de la caída de las Torres Gemelas, el presidente estadounidense George W. Bush armó una coalición internacional para invadir Irak y acabar con el gobierno de Sadam Hussein y del Partido Baaz, uno de los pocos Estados que aún continuaba siendo laico en la región, y que tenía hasta un primer ministro cristiano como Tarek Aziz. En unas pocas semanas las tropas anglo-americanas acabaron con el ejército republicano de Sadam y sumieron al país en el más absoluto caos, al destruir la eficiente administración baazista y dejar al país destruido, arrasado y enzarzado en una guerra civil religiosa entre chiíes y suníes que terminó provocando el caldo de cultivo perfecto para el surgimiento del Estado Islámico, el cual se hizo fuerte en aquellos bastiones suníes que se sentían oprimidos por las nuevas autoridades chiíes de Bagdad. Una vez más, al igual que en Afganistán, se había destruido un gobierno laico y fuerte para sustituirlo por un caos feudal e islamista liderado por fanáticos señores de la guerra enfrentados entre sí.

Ya más recientemente, la historia ha vuelto a repetirse en Libia y Siria, no por casualidad también dos antiguos aliados de la URSS durante la Guerra Fría. Aprovechando la opinión pública internacional favorable creada al calor de las artificialmente llamadas "Primaveras Árabes", Occidente se metió de lleno en ambos países para acabar con sus respectivos gobiernos laicos. En el caso de Libia la intervención fue incluso militar, con un apoyo aéreo y naval de la OTAN a los rebeldes del Consejo Nacional de Transición (en su mayoría islamistas) que en unos pocos meses acabó con Muammar El Gadafi, dejando a Libia (un país que en los tiempos del exótico Coronel tenía el mayor Índice de Desarrollo Humano de África) completamente arrasada y en manos de unos rebeldes islamistas que al poco tiempo comenzaron a enfrentarse de nuevo entre sí, dando lugar a la situación de guerra tribal que conocemos en la actualidad. Posteriormente en Siria nos volvimos a encontrar con una historia muy similar. El gobierno de Bachar Al Asad (también del Partido Baaz y último bastión del panarabismo laico en la zona) sufrió una rebelión armada interna liderada principalmente por grupos islamistas como el Frente Al Nusra o el propio ISIS. Occidente de nuevo, en lugar de apoyar a un gobierno laico respaldado por amplios sectores populares (incluidos los cristianos), decidió lanzar una campaña mediática de demonización contra Al Asad mientras convertía a los islamistas rebeldes en "luchadores por la libertad". Aunque afortunadamente el apoyo de Rusia al presidente sirio evitó una intervención militar directa de la OTAN, la ayuda clandestina indirecta fortaleció a los rebeldes, hasta tal punto de que los yihadistas se hicieron con grandes porciones de tierra en suelo sirio, lo que ha llevado a la creación del actual Estado Islámico tras fusionarse con sus correligionarios de Irak.

En resumen: la destrucción (con la ayuda directa o indirecta de Occidente) de tres Estados estables y laicos como Irak, Libia y Siria, ha generado las condiciones materiales e ideológicas perfectas para el surgimiento del actual Estado Islámico en medio de ese caos feudal e islamista. Curiosamente, Turquía e Israel, las dos principales potencias regionales aliadas de Occidente, tampoco han hecho nada por contener al autoproclamado "Califato", sino que por el contrario, prosiguen el hostigamiento contra la asediada Siria de Al Asad, la única fuerza militar e ideológica que de verdad planta cara a los yihadistas en la actualidad. Del mismo modo, las petro-monarquías del Golfo Pérsico como Arabia Saudí o Qatar son las principales fuentes de financiación de la ideología islamista radical (como ya lo fueron durante la Guerra de Afganistán contra los comunistas), y tampoco parece que ello preocupe mucho a nuestros gobiernos, ya que aún continúan siendo sus estratégicos aliados en la región. Por ello, debemos tomarnos con mucha cautela y una cierta desconfianza las palabras de nuestros dirigentes ahora llamando a la unidad de los demócratas civilizados contra la barbarie de la bestia yihadista, y preguntarnos antes de nada: ¿Quien lleva alimentado a la bestia desde hace más de medio siglo con su oscuro doble juego en Oriente Medio?

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