Libia y las consecuencias de una guerra de mentiras

A finales de octubre de 2011 los rebeldes libios del Consejo Nacional de Transición (CNT), apoyados por los países miembros de la OTAN, asesinaron al coronel Muammar Gadafi en Sirte, la ciudad donde éste se había refugiado para resistir junto a sus últimos partidarios. De este modo, las potencias occidentales derrocaban a un líder laico como Gadafi (que había llevado a Libia a tener los índices de Desarrollo Humano más altos de África) para sustituirlo por una coalición de milicias rebeldes y esencialmente islamistas. Pues bien, tres años y medio más tarde, sobre las ruinas de esa misma ciudad de Sirte, donde antaño ondeaba la bandera verde de la Yamahiriya árabe socialista, hoy los islamistas radicales campan a sus anchas y hace apenas unas semanas han decapitado a varias decenas de cristianos coptos en un nuevo espectáculo dantesco de fanatismo religioso.

El ejemplo de Sirte demuestra la deriva hacia el ocaso del país de Libia, y como aquella guerra en la que España participó y que nuestro gobierno nos vendió para justificarla que se trataba de "una lucha del heroico pueblo libio contra el tirano Gadafi" solamente ha servido para arrasar un país que anteriormente gozaba de una razonable prosperidad (sobre todo si lo comparamos con el resto de países de la región). Tras la contienda, Libia ha quedado sumida en la más absoluta inestabilidad, con sus infraestructuras destruidas, dividida entre distintas milicias que tratan de repartirse el botín de guerra (ahora reagrupadas en torno a dos gobiernos que se niegan la legitimidad el uno al otro), y con un auge cada vez mayor de la influencia de los islamistas radicales, que, han logrado fortalecerse y llegar a ocupar varias porciones de territorio aprovechando el caos reinante, las incontrolables fronteras desérticas con los países limítrofes y las armas que durante la guerra contra Gadafi les suministraron países como Estados Unidos, Reino Unido o Francia, aunque ahora hipócritamente sus gobiernos planteen una cruzada contra la barbarie del Estado Islámico. Ello ha provocado que de facto Libia sea ya la base de la yihad en el Magreb.

Es decir, que las potencias occidentales (con la OTAN como punta de lanza) cometieron una enorme irresponsabilidad al decidirse a intervenir militarmente en favor del bando rebelde para expulsar a Gadafi del poder, al calor de la oleada de protestas y revoluciones acontecidas en la ribera sur del Mediterráneo a comienzos de 2011. Al margen de los intereses petrolíferos que muchos países participantes en la intervención militar tenían en Libia y que deberían llevar a plantearnos el doble rasero occidental a través del cual se intervino en Libia para expulsar a Gadafi del poder y en cambio no se hace lo propio en tantos otros países del mundo que también están gobernados por líderes dictatoriales (y desde luego muchísimo peores que Gadafi) pero que no encierran intereses geoestratégicos, lo importante es preguntarse si la guerra en verdad sirvió para "liberar" al pueblo libio del yugo abominable al que supuestamente estaba sometido, si en verdad se trató de una contienda entre la dictadura y la democracia, y si efectivamente el bando rebelde del CNT representaba al conjunto del pueblo libio mientras que Gadafi solamente a una minoría.

Sin embargo, el actual estado-fallido libio, el recrudecimiento de la guerra tribal, la pérdida de bienestar social y el auge del islamismo radical, demuestran como la realidad no era la que nos vendieron Obama, Cameron, Sarkozy o Zapatero, cuya justificación de la guerra no fue más que una propaganda llena de mentiras. Tres años y medio después la situación ha empeorado todavía más en términos de inseguridad y pobreza, y la existencia de milicias armadas impide la estabilización del país y está llevando poco a poco a una crisis humanitaria y a una ausencia de seguridad en las fronteras, la cual es aprovechada por las redes de tráfico ilegal de personas y por el terrorismo yihadista. Además, durante los últimos meses el deterioro ha sido aún mayor al producirse de facto una nueva división del territorio libio entre los partidarios del gobierno provisional del CNT (que ha gobernado el país durante los tres años de posguerra) y el nuevo ejecutivo surgido tras las elecciones de junio del año pasado. El primero opera con base en Trípoli y el segundo con sede en Tobruk, ambos se niegan a reconocerse mutuamente y se encuentran cada uno de ellos fuertemente apoyados por tribus y milicias, muchas de ellas yihadistas vinculadas al Estado Islámico y que están perpetrando matanzas atroces como la de Sirte.

Por ello, no debemos olvidar las mentiras que nos contaron durante la guerra de Libia dentro de esos discursos propagandísticos que se llevaron a cabo y que fueron asumidos por gran parte de la opinión pública mundial, porque como se está demostrando desgraciadamente, los rebeldes del CNT no eran hermanitas de la caridad que luchaban por la paz, la libertad y la democracia. Prueba de ello es que en la actualidad son los mismos miembros de ese bando "demócrata" y vencedor en la guerra de 2011 los que, tras exterminar a los partidarios de Gadafi e iniciar una progresiva islamización en un país que era virtualmente laico durante la era gadafista, están nuevamente llevando a los libios a un baño de sangre al enfrentarse entre ellos mismos por ver que facción se lleva finalmente el gato al agua y rentabiliza la victoria militar contra Gadafi, victoria a la que contribuyó decisivamente Occidente con la propaganda internacional y los aviones de la OTAN, por lo cual, somos directos responsables de la tragedia que está viviendo el pueblo libio y ahora más que nunca no podemos mirar hacia otro lado mientras Libia desciende hacia el ocaso. Y es que por desgracia, el demonizado coronel tenía razón cuando advertía durante la guerra que la aniquilación de su régimen llevaría al incendio del Mediterráneo y al auge del islamismo radical en la región.

* Este texto es una versión resumida y actualizada del artículo de análisis "Libia hacia el ocaso: cuestionando la guerra contra Gadafi", publicado por el autor en la revista digital Política Crítica.

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